Aktuell | Español | Nummer 620 - Februar 2026 | Venezuela

Creer que lo peor ya pasó

Un comentario feminista y afro-indígena sobre la intervención de EE.UU.

Era la 1:30 de la madrugada del 3 de enero cuando el aire se rajó. Yo no podía dormir; el cuerpo me avisaba algo, una vibración en la sangre que mis ancestras conocen bien cuando se avecina el daño. Escuché ese sonido rítmico, seco, el tu-tu-tu-tu de los helicópteros volando tan bajo que las ventanas vibraban como si tuvieran miedo. Lo primero que dije, con un nudo en la garganta, fue: “No puede ser, es en serio, lo hizo”. Desperté a mi compañero de un sacudón mientras el estruendo de las explosiones y los destellos en el cielo de Caracas nos gritaban que la vida había cambiado para siempre.

Von Cacica Honta, Caracas
Cacica Honta Resistiendo desde la comunidad (Foto: Victor Morles)

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Desde entonces, cada ruido fuerte me despierta con la sensación de que los ataques regresan. El descanso se volvió imposible. Vivo con la angustia de perder a mis seres queridos o los espacios cotidianos que nos sostienen. La calma aparente se convierte en un silencio pesado que provoca lágrimas y desesperanza. Al día siguiente de los ataques, salí a las “compras nerviosas” buscando abastecerme; todo estaba cerrado, un silencio de tumba roto solo por los camiones de los gochos con la comida por las nubes.

Pero en medio de esa incertidumbre permanente y la inflación desbordada que hace que la comida sea cada vez más inaccesible, no estábamos solos. Salimos juntos, codo a codo, con quienes esos días nos sostuvimos desde la comida en colectivo. Nos juntamos para compartir lo poco que había, sin nada que celebrar, pero sí para recordarnos, al calor de un fogón o de una mesa compartida, que estamos vivos. Esa fuerza colectiva fue el único suelo firme que pisamos; nos sostuvimos en el abrazo y en el plato repartido para no morirnos de la pura angustia.

Lo que reina, sin embargo, es la opacidad. No hay cifras claras de muertos ni heridos. El gobierno guarda silencio o minimiza lo ocurrido, mientras en las calles se perciben más operativos policiales y presencia de grupos armados. Falta transparencia, comunicación honesta y garantías de seguridad. La gente siente que todo sigue igual, como si nada hubiera pasado, pero la verdad es que la vida cotidiana está marcada por la escasez, la represión y la militarización. Ya no se trata de ideología, sino de sobrevivir: poder comer, tener agua, recibir atención médica, que los niños vayan a la escuela.
Estamos atrapados entre dos fuerzas: un régimen que reprime y una intervención extranjera que nos convierte en territorio de disputa. El pueblo queda en medio, pagando el costo de la riqueza petrolera y mineral que otros codician. Esta intervención de Estados Unidos es una violación de la soberanía; no es ayuda humanitaria, es una operación para controlar recursos energéticos y reconfigurar el mapa político regional. Lo que se presenta como salvación es saqueo disfrazado. La ocupación no trae paz, repite la violencia y deja al pueblo más vulnerable.

Como mujer afro-indígena y artista, me indigna que, ante el atropello, lo primero que pregunten sea: “Pero ¿quién te torturó, la izquierda o la derecha?” Al poder no le duele nuestra herida, le importa quién sostiene el látigo para saber si le conviene denunciarlo. Existe un miedo atroz a hablar porque cualquier palabra puede ser usada en tu contra. Temo tanto a nuevas bombas como a la continuidad de un sistema sin salarios dignos, con hambre y presos inocentes. El futuro se percibe como más precariedad para los pobres y más inseguridad en las calles. La confianza en las instituciones está rota, solo nos queda apoyarnos entre nosotros.


El mundo celebra una supuesta “liberación” porque un rostro fue capturado y puesto bajo custodia extranjera. Pero como mujer negra, indígena y feminista, yo me pregunto: ¿qué libertad es esta que se impone con bombas? La captura de un hombre no borra un sistema de hambre, y mucho menos cuando los que vienen a “salvarnos” traen una factura oculta bajo el brazo. Celebrar que se desplome una estructura sin ver quién está levantando los nuevos cimientos es de una ceguera peligrosa. Para las potencias no somos “hermanos en desgracia”: somos activos estratégicos, petróleo, oro y minerales en disputa. Si el destino de mi país se muda de una oficina en Caracas a una mesa de negocios en Washington, yo sigo siendo una espectadora, una pieza de ajedrez en un tablero ajeno.
Vienen por el petróleo y por el oro del Arco Minero, ese territorio que ya venía siendo desangrado bajo consignas de izquierda y que ahora pretenden “administrar” con eficiencia corporativa. Nos ofrecen una liberación que nos hipoteca con una deuda externa impagable: más de 150 mil millones de dólares que nos amarran el cuello. Nos prestan el mazo para tumbar al tirano, pero nos cobran cada ladrillo de la reconstrucción a precio de oro.

El imperialismo opera borrando la historia. Quieren que creamos que todo empezó hace dos años, negando los siglos de saqueo y despojo. Los pueblos que resistimos nos pensamos en larga duración. Soy la mujer que invoca a Guaicaipuro y a Bolívar no por folclore, sino porque mi lucha es la misma de la mujer palestina: el derecho a existir en nuestra tierra sin que un imperio decida qué es la democracia para nosotros.Nos hablan de presos políticos como si la cárcel misma no fuera una institución colonial impuesta en 1573 para castigarnos. Para mí, todos los presos son políticos cuando el sistema usa la tortura como pan de cada día contra los más pobres, contra los negros, contra los que no tienen voz. Algunos descubrieron la tortura hace poco porque les conviene políticamente, pero nosotras la conocemos desde siempre, dentro y fuera de las rejas.

El pueblo quiere dignidad, no discursos vacíos ni invasiones disfrazadas de ayuda. La gente no busca héroes armados, busca vivir con tranquilidad. Mi horizonte es de soberanía real: decidir sobre nuestra vida colectiva sin gringos, rusos ni chinos de por medio.

Sueño con un país donde la dignidad sea posible, con salarios justos, servicios básicos garantizados, justicia real y libertad para expresarnos sin miedo. La esperanza está en la resistencia de la comunidad, en que no nos borren ni nos conviertan en zona de sacrificio. Pienso en quienes perdieron la vida; esto no se lo deseamos a nadie. Nuestra lucha es para que Venezuela deje de ser un tablero de ajedrez y empiece a ser, finalmente, un hogar.

Mi horizonte es de izquierda, pero de una izquierda de verdad: la que defiende la soberanía real, no la que se queda en consignas vacías mientras maltrata a sus obreros o ignora a sus indígenas. Ser libre es poder decidir sobre nuestra vida colectiva sin gringos de por medio. Hoy seguimos en la zozobra, juntándonos entre nosotras para no morir de angustia, tejiendo redes para poder comer. Pienso en quienes perdieron la vida, en quienes lo vivieron mucho más fuerte que yo. Esto no se lo deseo a nadie, ni siquiera a la persona más nefasta del mundo. Mi esperanza no está en los héroes armados ni en las invasiones disfrazadas de ayuda; está en nuestra capacidad de seguir siendo comunidad, de resistir a que nos conviertan en una “zona de sacrificio”. Queremos dignidad, queremos paz, pero una paz que nazca de nosotros, de nuestra tierra, y no una que llegue dictada desde el norte.


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