México | Nummer 623 - Mai 2026

MÁS ALLÁ DE LOS HORNOS

En San Nicolás, los jóvenes cuentan su propia historia, entre ladrillos y cámaras de video.

En el municipio mexicano San Nicolás, muchos jóvenes trabajan horneando ladrillos. Un día cualquiera, un exprofesor aparece en la comunidad con una cámara, y de ella surge una pregunta: ¿Quiénes podrían ser estos chicos, si la decisión la pudieran tomar ellos mismos? Convertidos en actores y actrices, los jóvenes se apropian de un medio ajeno a sus vidas marcadas por las dificultades económicas. Esta crónica narra cómo, a través del proyecto La Rebelión de las Aves, escena tras escena, los alumnos han ganado confianza en sí mismos y un futuro más allá de los hornos.

Alexandra Rauscher, San Nicolás

Der Artikel auf Deutsch findet man hier.

El director Xavier de la Vega conoce la realidad de lxs jóvenes en la comunidad ya que solía ser profesor ahi (Fotos: Gabriel Zendejas)

Durante semanas, Raúl Valdés no se lo contó a nadie, ni a sus amigos ni a su familia. Raúl tiene 18 años, empezó a trabajar a los once y, eventualmente, dejó los estudios. Ahora va a participar en una película: ni él mismo lo creía posible. Sin embargo, ahora está aquí, en el set, junto a sus compañeros de reparto, todos ellos estudiantes de la región sin haber actuado nunca en su vida.

El rodaje de hoy es en el terreno de los ladrilleros, ubicado en una colina con vistas a los cerros circundantes. Desde allí se divisan muchos de los hornos cercanos. Los ladrillos de color rojo pardo, amontonados en los patios, destacan inconfundiblemente en el árido paisaje. El aire del lugar está cargado de polvo. Hay montañas de basura listas para ser quemadas; entre ellas se ven sillas, alfombras viejas, juguetes infantiles, marcos de fotos, neumáticos y madera vieja. De uno de los hornos sale humo y un olor penetrante. Se ve a un trabajador descalzo, con lodo hasta las rodillas, que lo remueve con un palo. Está concentrado y no levanta la vista, es como si la cámara no estuviera allí.

Los jóvenes actores y actrices se acomodaron sobre un montón de cascotes. Extienden el rostro al sol y ríen. Atrás vuela una pelota de béisbol. El rodaje queda en pausa y los chicos tienen un momento para respirar. Raúl, alto y de aspecto atlético, está sentado un poco apartado de los demás. Lleva una playera deportiva y tiene una cabellera ondulada y peinada hacia atrás que le llega casi a los hombros. “Aunque mi sueño infantil era actuar en una película, durante mucho tiempo me lo guardé para mí”, cuenta. “Creo que fue por vergüenza. La verdad es que aquí no es común rodar películas”.

Estudiantes actuan por primera vez. Sus historias y deseos son temas centrales en “Más allá de los hornos”.

Un camino pedregoso

Aquí, en San Nicolás, Tequisquiapan, el camino de vida de muchos jóvenes está trazado: mezclar arcilla, moldear ladrillos, secarlos y cocerlos, tal y como lo hacían sus padres y abuelos. Son más de 120 hornos que producen el material de construcción que caracteriza a las ciudades mexicanas. Desde hace generaciones, los jóvenes abandonan tempranamente la escuela, no falta de sueños, sino porque la vida en San Nicolás deja poco espacio para perseguirlos.

Hay casi mil personas que trabajan en la producción de ladrillos aquí, y unas 5.000 dependen económicamente de estas empresas familiares. El proceso se ha mantenido prácticamente igual durante décadas: la arcilla se mezcla a mano y se amasa con los pies hasta obtener una textura homogénea y maleable. Las piezas húmedas se secan al aire libre antes de apilarlas cuidadosamente en el horno. Es importante que el calor y el aire lleguen de manera uniforme a cada uno de los ladrillos. El proceso de cocción dura hasta 48 horas, seguidas de otros dos días de enfriamiento. Los ladrillos terminados se retiran a mano y se alinean. Este trabajo lo realizan normalmente las familias locales sin equipo de protección y bajo cualquier condición meteorológica.

El escritor y director Xavier de la Vega, originalmente de la cercana ciudad de San Juan del Río, conoce bien estas condiciones. Impartió clases aquí durante años. Muchos de sus exalumnos trabajaban después de la escuela en los negocios familiares de los “ladrilleros”. Estos necesitan todas las manos disponibles, pues los hornos producen unos 10.000 ladrillos cada 20 o 30 días.

Al mismo tiempo, la industria se encuentra bajo gran presión económica. Los precios de los ladrillos los fijan en gran medida los compradores y los intermediarios, y a menudo apenas cubren los costos de producción. Esto, junto al problema de la escasez de leña, dio lugar al surgimiento de una actividad informal complementaria: la quema de basura. Los vecinos y las empresas locales descargan sus residuos de forma gratuita en los ladrilleros. Esto significa que los trabajadores y sus familias están expuestos a las sustancias tóxicas que se generan en el proceso. Las muestras de suelo de San Nicolás exponen la alta concentración de bifenilos policlorados – contaminantes persistentes y muy nocivos para la salud -. En algunos casos, estas sobrepasan hasta 300 veces el límite permitido.

Desde hace generaciones, los fabricantes de ladrillos proporcionan la base para la construcción en la región. Esto sin remuneración justa, seguridad social y pagando un costo mayor en términos de su salud y la de sus familias. Para romper el ciclo, activistas locales promueven cambiar el proceso en la fabricación de ladrillos a nivel municipal. En particular, proponen alimentar los hornos en el futuro con briquetas de biomasa elaboradas a partir de residuos municipales compostables. Así se reduciría considerablemente la contaminación tóxica. Sin embargo, aún no hay un compromiso vinculante de parte del ayuntamiento.

Pausa! En la producción de la película se mantienen profesionales, más en la pausa es momento de descansar.

Cámaras de video entre ladrillos

“Muchos me preguntaron: ‘¿Por qué eliges San Nicolás para la película y no un lugar más bonito, como el centro de Tequisquiapan?’ Pero la belleza es subjetiva”, explica el director de cine De la Vega. Inspirado en su tiempo como profesor, escribió un libro que ahora lleva al cine en el lugar de origen de la historia. Aquí, en San Nicolás, donde, por lo general, nunca pasa nada. “Queríamos contar una historia honesta, profundamente mexicana”, dice De la Vega. Es un personaje tranquilo, casi reservado. A través de sus lentes redondos se ven dos ojos sinceros y oscuros. Habla con prudencia, elige sus frases con cuidado. Los jóvenes lo tratan con respeto. Saben que el director entiende su día a día y quiere ponerlos en el centro.

“No es una historia de héroes perfectos, sino de gente común”, explica. La película trata de segundas oportunidades en lugares inesperados y de personas que toman las riendas de su propio destino.” Precisamente por eso no buscó a sus actores en agencias de audición, sino quienes fueron sus alumnos. Lo que buscaba eran rostros que ya transmitieran algo. Raúl, por ejemplo, tiene un problema en el ojo izquierdo desde los siete años. A pesar de ello, interpreta uno de los papeles principales en la película. “Quiero mostrar a la gente que un supuesto defecto como ese también es una característica distintiva. Puede llevarte a lugares que ni siquiera te imaginas”, dice el joven de 18 años.

La realidad escribe el guion

La película se basa en el libro La Rebelión de las Aves, en donde el amor por el béisbol sirve de puente entre un profesor y sus alumnos rebeldes. Mientras que en el libro gira alrededor del personaje del maestro, en la película los jóvenes pasan a primer plano. “La trama se ha inspirado mucho más en mi experiencia docente aquí en San Nicolás. Quería que la historia se nutriera de la realidad”, dice De la Vega. “La situación de cada personaje podría haber salido directamente de la vida de cualquiera de nosotros. No tuvimos que fingir”, confirma Raúl.

Cuando termina el descanso se prepara el set para la siguiente escena: el profesor se acerca a los hornos para convencer a un alumno de que vuelva a la escuela. Su padre le ha prohibido asistir y, en su lugar, lo obliga a fabricar ladrillos. Ese alumno es Nicolás, interpretado por Erick González. El chico de 17 años creció cerca de los hornos. “Mi padre de verdad también me hacía fabricar ladrillos. Me sentí identificado con eso”, dice mientras se ajusta la gorra. A pesar del calor abrasador, lleva una playera negra de manga larga.

En la escuela, Erick era un chico callado. “Normalmente estaba en mi mundo, apenas hablaba con los demás. Cuando supe que iba a interpretar a Nicolás, me alegré, pero también me puse nervioso”. Su personaje en la película, Nicolás, también es introvertido, todo lo contrario del temerario Arturo, interpretado por Raúl. En la película, son primos. Junto al musculoso Raúl, Erick, ya flaco, parece aún más delgado. “Raúl es, para mí, la persona en la que más confío en el set”, dice Erick. Actuar juntos ha creado vínculos que van más allá del rodaje. “Creo que ya no soy tan reservado. Jugar al béisbol nos ha ayudado a crecer como grupo”, afirma.

El poder del colectivo

En el set apenas se percibe la timidez inicial que describen los jóvenes. Se agrupan en pequeñas bandadas y hacen tonterías. La calma solo vuelve cuando la cámara empieza a andar. En una escena junto al horno se desata una discusión entre el profesor y el padre de Nicolás. Este reta al profesor a que le eche una mano. Los jóvenes se van sumando poco a poco al profesor y le ayudan a fabricar la cantidad de ladrillos necesaria para el sustento de la familia.

Los alumnos esperan en segundo plano a que les toque. Cuando la escena está grabada, el grupo se anima. “¡Hagan una cadena!”, grita uno de los miembros del equipo de producción. Los jóvenes se amontonan en el encuadre, se empujan unos a otros y finalmente se colocan en fila en medio de los ladrillos secos. Ladrillo a ladrillo, se los pasan unos a otros y los ordenan. La escena capta la realidad del lugar y devela el poder de la comunidad. Tras varias tomas, la concentración de los jóvenes actores se agota. Uno de los chicos finge desmayarse. Los demás se ríen. Otro le lanza un puñado de arcilla a una chica. Ella grita. Comienza una guerra de arcilla.

La mirada se dirige hacia De la Vega. La escena aún no está terminada. El director observa y sonríe. La cámara sigue enfocando a los jóvenes. “Al fin y al cabo, son niños”, dirá el director más tarde. Para De La Vega, lo que cuenta no es solo producto final, sino también el camino recorrido. Eso que queda cuando se apagan las luces. Su visión es la de un sueño común donde, juntos, cada uno pueda superarse a sí mismo. Llega la tarde, entra el frío y la jornada de rodaje llega a su fin. Los actores y actrices están cansados tras el día bajo sol, y buscan, manchador de arcilla, un lugar a la sombra. Un miembro del equipo reparte manzanas entre los jóvenes.

El equipo recoge el material técnico. Para mientras Raúl, Erick, Valeria e Ivonne se sientan juntos. Las chicas interpretan a las estudiantes Elena y Rosario. En la película, los cuatro son un grupo de amigos. Valeria Sigüenza, de 17 años, está llena de energía. “Dar vida a un personaje es increíble, porque sales de tu vida cotidiana y empiezas la vida de otra persona”, comenta, entusiasmada, antes de darle un mordisco a su manzana. Su sueño es aparecer en las grandes pantallas como sus ídolos, las actrices estadounidenses Emma Myers y Sofia Carson.

Ivonne Rivera Castro, sentada a su lado, parece más madura de lo que su edad podría hacer suponer. La chica de 17 años quiere estudiar psicología cuando termine la preparatoria. “La película muestra como encontrar motivos para seguir adelante y luchar por tus sueños”, afirma. Se identificó con el papel de Rosario: “En los talleres de actuación trabajamos en escenas. Más tarde hicimos una prueba de vestuario. En el momento en que todos nos pusimos los trajes, me di cuenta: ‘Yo soy Rosario’”.

“La esperanza es esa cosa con plumas”: La Rebelión de las Aves cuenta las historias de personas reales.

Gracias al rodaje, Erick se ha dado cuenta de que es capaz de hacer cosas que antes no creía posibles. Espera que la película muestre a los demás “que pueden lograr más que limitarse a aceptar una sola cosa durante toda su vida”. Valeria añade: “San Nicolás no es solo una fábrica de ladrillos. Aquí hay mucha cultura, mucho arte y mucha gente con talento”.

¿Y Raúl? Apoyado en una pila de ladrillos, parece como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que rodar películas. No ve como una casualidad que dos de sus mayores objetivos en la vida – actuar en una película y enseñar taekwondo – se hayan cumplido justo al mismo tiempo: “La película muestra que toda mejora con el tiempo. Depende de nosotros creer firmemente en ello. Muchos dicen: ‘Ver para creer’, pero yo digo: ‘Hay que creer para poder ver’”.

En San Nicolás, el lema de la película ya ha desplegado su magia: “Cuando no tengas en quien confiar, confía en ti”.

El proyecto cinematográfico se encuentra actualmente en su fase final. A partir de julio se filmarán las últimas escenas, y el estreno está previsto para principios de 2027. El equipo espera poder presentar entonces La Rebelión de las Aves en festivales internacionales.


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