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El Salvador es el país más pequeño y densamente poblado de Centroamérica, y su nivel de pobreza en una región donde sus mayorías populares están sumidas en esta ocupa el tercer lugar junto con Belice. Siempre fue así. Por eso, y porque su clase dominante le cerró las puertas al cambio por la vía electoral, en 1932 hubo un levantamiento indígena y campesino. Fue brutalmente reprimido, con alrededor de 30.000 víctimas asesinadas y desaparecidas por la dictadura que iniciaba el general Maximiliano Hernández Martínez. En julio de ese mismo año, finalmente concedió amnistía a los autores directos de estas atrocidades.
Este tirano permaneció vigente casi trece años. Otros militares lo relevaron y se mantuvieron así durante casi medio siglo mediante elecciones fraudulentas, candidatos únicos y golpes de Estado. De estos últimos, desde el 15 de octubre de 1979 no se había producido otro hasta que Nayib Bukele intentó uno el 9 de febrero del 2020. Actualmente, Bukele lleva más de siete años usurpando la presidencia de la República, pues el período establecido en la Constitución era de cinco.
No es una paz verdadera
Al consumarse el golpe de Estado de 1979, monseñor Óscar Romero era arzobispo metropolitano. Tras el asesinato del jesuita Rutilio Grande, comenzó a denunciar con fuerza las violaciones graves de derechos humanos contra el campesinado, entre las cuales se incluyeron masacres y las muertes violentas de más sacerdotes. Por ello, fue martirizado el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba misa.
Casi un año antes había triunfado la revolución sandinista en Nicaragua; este acontecimiento y el magnicidio de Romero se combinaron con el hambre del pueblo, la imposibilidad de un cambio pacífico, la represión y la impunidad. Esa fue la antesala de la guerra iniciada en 1981 y finalizada en 1992, mediante negociaciones y acuerdos entre el Gobierno salvadoreño y la guerrilla.
De esos acuerdos, que instauraron la democracia en El Salvador, el esencial fue el primero, suscrito en Ginebra en abril de 1990: fue el diagnóstico de las enfermedades del país. ¿Cuáles eran los “padecimientos”? La guerra, la nula democracia, la violación de derechos humanos y la división social. Había, pues, que superar dichos males._El último acuerdo lo rubricaron en Chapultepec, en la hoy Ciudad de México, en enero de 1992; este era el listado de las medicinas para curarlas.
Disparos al corazón del proceso de paz
Pero los medicamentos no se aplicaron correctamente. Principalmente tres: superar la impunidad, prohibir la participación militar en tareas de seguridad pública y establecer un acuerdo nacional para impulsar el desarrollo económico y social del país. Eso ocurrió en 1993; es decir, en el año que siguió al fin de la guerra. El 20 de marzo a cinco días de la presentación del informe de la Comisión de la Verdad se aprobó una amnistía general, absoluta e incondicional para favorecer a los criminales violadores de derechos humanos. Esta decisión se mantuvo vigente durante más de 23 años, hasta que logramos que la Corte Suprema de Justicia la anulara el 13 de julio del 2016. Durante más de dos décadas, dicha amnistía fue el pretexto para no investigar y negar justicia a las víctimas.
Asimismo, el 16 de julio del mismo año se realizó el primer patrullaje conjunto de la Fuerza Armada y la recién nacida Policía Nacional Civil, contradiciendo la prohibición; y en diciembre se desmontó el mencionado esfuerzo en materia económica y social con el cual se pretendía aliviar “el costo social del ajuste estructural”, según se leía en el Acuerdo de Chapultepec.
Esos fueron los tres disparos mortales al corazón del proceso pacificador salvadoreño. Por ello, el hambre padecida, la sangre derramada y la impunidad sostenida históricamente continuaron atropellando a nuestras mayorías populares. No era una paz verdadera: entre 1995 y 1977, según cifras oficiales, la tasa anual promedio de estas fue de 128 por cada 100.000 habitantes;_según la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, a nivel mundial la misma no llega a alcanzar ni siquiera las seis por cada 100.000 habitantes.
Luego de tres días sangrientos a finales de marzo del 2022, el entonces legal presidente salvadoreño Nayib Bukele le ordenó a la Asamblea Legislativa —que él controla totalmente— decretar el régimen de excepción contemplado en la Constitución nacional; este permite “suspender garantías establecidas en la misma en casos de (…) graves perturbaciones del orden público durante treinta días”. Finalizados estos, podrá prorrogarse durante un periodo similar mediante otro decreto legislativo. Ello, si todavía permanecen presentes las circunstancias que motivaron su aprobación; cuando desaparecen estas, dichas garantías deben ser restablecidas.
No obstante la reducción drástica de los asesinatos a partir del inicio del citado régimen de excepción, este se ha mantenido vigente durante 53 meses. Desde entonces, casi 100.000 personas han sido encarceladas, muchísimas sin pertenecer a grupos delincuenciales. Sin embargo, el desmantelamiento de las pandillas se logró, en buena medida, con una negociación entre sus cabecillas y el Gobierno de Bukele, y no con las medidas represivas.
Condenados a morir bajo una dictadura
Pese a promesas iniciales, la impunidad sigue: Bukele no ha hecho prácticamente nada por impartir la justicia que reclaman las víctimas directas y las familias de aquellas asesinadas o desaparecidas antes y durante la guerra; menos por repararles el daño causado ni para establecer garantías de no repetición.
Bukele ya mandó reformar la Carta Magna y el calendario electoral. Así podrá permanecer indefinidamente en el poder en un país fuertemente militarizado. Además, ha violado flagrantemente las garantías judiciales y el debido proceso en el marco de los juicios contra personas capturadas durante el régimen de excepción, así como contra personas críticas de su gestión. Ciertamente, frenó, a su manera, la muerte violenta en el país; pero no la lenta, producto de la pobreza, el hambre y el miedo que genera.
Por aquellos tres disparos al corazón del proceso de pacificación citados, volvimos al pasado. Quienes, como yo, nacimos hace 70 años en una dictadura, parece que estamos condenados a morir en otra.
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