„UN GOLPE QUE NO SE ACABA“

ADRIANA GUZMÁN ARROYO

es Aymara, lesbiana y feminista comunitaria. Es parte de la organización Feminismo Comunitario Antipatriarcal, una organización que surge a partir de la masacre del gas de 2003, y lucha contra el patriarcado en la calle y, principalmente, contra la violencia hacia las mujeres y por la defensa del territorio. (Foto: privado)


 

Muchxs en los movimientos sociales pensaban que las elecciones de 2020 eran una trampa del ex gobierno de facto. ¿Qué análisis haría del triunfo del MAS?
Se ha logrado sacar a la presidenta de facto Jeanine Añez, pero el resultado de las elecciones no se puede llamar una victoria del MAS. Hay mucha gente que ha votado en contra del fascismo, pero no a favor del MAS. Quien ha ganado es el pueblo. Lastimosamente, el MAS no ha recogido este aprendizaje. Con poca capacidad de autocrítica han asumido que el 55 por ciento de los votos es de apoyo al MAS, a Luis Arce. Eso es imposible de creer, porque Luis Arce no es un personaje político, no tiene un perfil que represente a los pueblos originarios. Por muchos años ha sido ministro de economía, de una economía liberal, capitalista. La matriz productiva del país, los acuerdos con la banca y con las transnacionales no se han transformado. Y parte de la autoría de todo eso la tiene Luis Arce.

¿Cómo evalúa el trabajo del nuevo gobierno del MAS después de las elecciones?
Siento que en este año de gobierno del MAS no hay un proyecto político ideológico, ni nuevo ni antiguo, ni nada. Lastimosamente, no se ha hecho gestión, excepto en salud, donde se ha logrado que lleguen las vacunas y las pruebas. No podemos ver una gestión en educación, ni una reactivación económica. Le han llamado reactivación económica a condonar los intereses de la importación de insumos para la minería, pero si había alguien a quien había que reducirle o eliminarle los impuestos era al pueblo, no a las empresas mineras.

En Bolivia ha habido un golpe al pueblo que ha terminado con un golpe de Estado. Este golpe ha articulado de manera muy fuerte a una derecha fascista, a la oligarquía económica y política junto con algunos sectores sociales. Las elecciones y el Estado no han sido suficientes para acabar con ese golpe. El compañero Luis Arce no tiene un gabinete ministerial que pueda enfrentar este movimiento difícil. Las y los ministros no tienen un perfil político, no vienen de las organizaciones sociales, ni siquiera tienen un perfil técnico. Hay un vacío de discurso y de liderazgo importante. La política se está construyendo en los grupos económicos, las transnacionales. Entonces para mí, eso se va a tener que definir en las calles.

¿Se ha hecho justicia por los crímenes cometidos bajo el gobierno de facto?
Respecto a las masacres de 2019, por ejemplo, no se han iniciado los procesos ni hay un juicio de responsabilidades. Principalmente, hay una gran impunidad con respecto a los crímenes contra las mujeres. En 2019 se profundizó la violencia hacia las mujeres y los feminicidios, pero desde la pandemia, todo el sistema judicial está cerrado. Ya se ha acabado la cuarentena en el mundo, los lugares para hacer fiesta y beber alcohol están abiertos, pero los juzgados no.
Hay heridos que todavía necesitan tratamiento y que han quedado con discapacidad. Entonces, una cosa importante para nosotras como organización, para mí como feminista, es la lucha por la justicia. No puede haber paz y no se puede construir ninguna estabilidad política si no hay justicia y no se llega a la verdad histórica de los hechos, porque va haber una permanente inconformidad dentro de las organizaciones sociales. Deseamos que haya sanción y justicia para los autores intelectuales, los instigadores, los autores materiales y un gran plan de reparación para las víctimas. Para mí es una gran frustración que no se haya iniciado un juicio de responsabilidades contra Jeanine Añez, cuando ella ya está detenida desde hace nueve meses. El pueblo quiere justicia y justicia es lo que no hay.

¿Como es la vida ahora en Bolivia bajo el nuevo gobierno del MAS?
Si bien ha cambiado desde 2019, aún es difícil estar en la calle. Ahora no hay masacres, pero hay un asedio permanente, amedrentamiento a quienes tenemos este color de piel y a quienes nos reconocemos como Aymaras. Hay un permanente racismo en las calles, en las instituciones, en la política, en la eduación y en los medios de comunicación. Ellos fomentan una cultura del odio, donde se juzga las declaraciones de una autoridad, o de quien sea, por el color de su piel y no por lo que está diciendo.

El racismo se está profundizando. No en esta forma de masacre y represión, porque no lo está haciendo el mismo Estado, pero los agresores pueden ser fascistas de la Union Juvenil Cruceñista (grupo de extrema derecha, nota de redacción), o pueden ser tu vecina o tu vecino que te escupa o te dice ladrona en la calle. Lo vivo en mi vida personal también. Hace poco me han rodeado y golpeado en la calle. Por supuesto, los he denunciado por fascistas y los he grabado. Eso se puede ver en todas las esquinas, donde haya mujeres y hombres indígenas, aymaras, quechuas, migrantes y vinculados al MAS. Ya seamos afiliados o cercanos a las organizaciones sociales, somos acusados de ladrones, de corruptos en todas las ciudades. Es muy dificil pasar dos horas en la calle sin pelear con alguien. Yo no lo llamaría polarización, porque no es una mitad y otra mitad. Es un pequeño grupo que está generando esta cultura del odio.

¿Cómo se explica que este pequeño grupo pueda seguir intoxicando el clima de la sociedad?
Los grupos paramilitares no se han desarmado. Cuando quieren, hacen un paro. En octubre Luis Fernando Camacho, el Comite Cívico de Santa Cruz, la Plataforma 21F y todas las instancias que han hecho el golpe, convocaron a un paro nacional. Los grupos paramilitares deberían haberse desarticulado, deberían estar en la carcel o escondidos, pero nuevamente han estado en la calle. Entonces, yo siento en el cuerpo que hay un golpe que no se acaba.
En las elecciones no ganó solo el MAS. La derecha con los grupos paramilitares está haciendo una desestabilización permanente, ha ganado lugares en el Parlamento y Luis Fernando Camacho es gobernador de Santa Cruz, uno de los departamentos con mayores ingresos económicos. Entonces, él ahora tiene la maquinaria estatal para generar estos tipos de movilizaciones. Creo que están alistando un segundo golpe, pero en términos de un referendum revocatorio. El colegio médico, un sector profundamente racista y muy complice del golpe, también está desde hace tres o cuatro semanas de paro, como en el año 2019.

¿Qué papel juega la situación económica?
La crisis económica es terrible, sobre todo para las mujeres. Una de las medidas de reactivación económica, que ha tomado el gobierno, es devolver los aportes de jubilación. Es decir, que tú puedas sacar tu jublicación en efectivo y gastártela para no morirte de hambre. Para mí, eso es un terribe atentado contra el pueblo. Las mujeres no tenemos ni jubilación. Pero pienso en muchos hermanos que son mineros, obreros, que están desempleados y ahora se van a comer sus ahorros y no van a tener jubilación.
El hecho de que se profundice el racismo en Bolivia tiene que ver con la profundización del capitalismo, de la explotación y de la crisis económica que con la pandemia ha sido peor. A través del racismo nos quieren dominar, humillar y explotar. Así lo único que nos queda es ser sus sirvientas. Eso es lo que no queremos, contra eso nos resistimos.

¿Cómo ve la situación de los movimientos sociales indígenas?
Creo que hay dos dimensiones para analizar esto. Por un lado, el golpe al pueblo en 2019 se ha dado porque los movimientos sociales estaban fragmentados. Las organizaciones se han roto peleando por un puesto de trabajo en el Estado. El MAS ha dejado cada vez mas de ser un instrumento político para convertirse en un partido tradicional con una cúpula que decide y se sustenta en el aparato público, en la generación de empleos para sus propios militantes. Pero no para buscar la solución de los problemas del país y de los pueblos. Eso ha sucedido ya antes de 2019 y por esta debilidad ha habido este golpe. Pero no solo es responsabilidad del MAS. Depende también de que los movimientos sociales puedan presionar y exigir la reconducción y profundización del proceso de cambio. Lastimosamente, están fragmentados por su relación con el Estado. La segunda dimensión tiene que ver con la pandemia que ha generado aislamiento, paralización y miedo en muchos casos. Pero sobre todo, se ha llevado algunos lideres importantes. Eso ha dejado también desarticulados a los movimientos. Lamentablemente, venimos de una cultura un poco caudillista y tiene que haber una voz que se sigue. Hay un gran vacío político e ideológico y hay una fragmentación en los movimientos, y yo siento que eso está pasando en gran parte de la Abya Yala. La pandemia también ha sido una estrategia desde los Estados y los partidos para desmovilizarnos, para paralizar a las organizaciones. Sin embargo, por lo menos como feministas estamos en las calles y permanentemente movilizadas exigiendo justicia.

¿Nos puedes explicar más sobre la fragmentación en los movimientos sociales?
Los movimientos sociales están divididos en tres vertientes. Algunos están con el Evo. Esta vertiente es en mi entender la menos autocrítica y está dejando guardado el tema de la justicia para cuando al Evo le toque ser candidato. Hay mucho cuestionamiento y mucha diferencia con esta vertiente, porque la mayor parte se ha ido a la Argentina durante el golpe. Yo puedo entender que se haya ido el Evo, porque estaban intentando acabar con su vida, pero que se hayan ido los diputados, los viceministros, y que estuviesen mirando desde allá como masacran, eso no lo puedo entender. La segunda vertiente está con el vicepresidente David Choquehuanca, con quienes nosotras nos identificamos más, quien está más apoyado por las comunidades, por los pueblos originarios, pero no logra tener una fuerza contundente dentro del gobierno. La tercera vertiente es Luis Arce, quien más que ser una vertiente dentro del MAS, intenta tener algo de fuerza para hacer gobierno, hacer gestión, porque lastimosamente no la tiene. No tiene tampoco el respaldo suficiente para tomar decisiones, para que salgamos todos a enfrentar a la derecha.
La fragmentación, frustración y desconfianza se profundizan por la poca capacidad de autocrítica que tienen las tres vertientes. Se han quedado mucho en los discursos políticos, en la campaña electoral, pero hoy necesitamos comer, justicia y salud.

¿Qué rol juega el movimiento feminista en la actualidad? ¿Hubo algún avance respecto a los pactos patriarcales dentro del MAS?
No han habido muchos avances. Es dificil levantarse después de un golpe. Un golpe político, pero además físico, ideológico y emocional. Y recién nos estamos levantando. El feminismo no ha tenido una posición clara en ese golpe. En muchos casos feministas, como Maria Galindo o Silvia Rivera, incluso han dicho que no había golpe. Yo diría que no ha habido un rol trascendental del feminismo en ese momento importante en 2019, si no para desinformar. El feminismo es diverso, pero hay feminismos que le hacen juego a esta derecha fascista que desgasta sistemáticamente al gobierno y a las organizaciones sociales, y que está polizarizando permanentemente a la sociedad.

Mencionaba que el racismo tiene que ver con asuntos económicos, ¿ve la posibilidad de nuevos conflictos con el gobierno por el extractivismo?
El gobierno no ha cambiado su perfil extractivista, pero las organizaciones sociales que podrían denunciar el extractivismo no lo van a hacer. En este momento es muy dificil salir a marchar y presionar al Estado, porque todo eso es instrumentalizado por la derecha para generar una desestabilización política. Hace dos semanas ha terminado una marcha indígena que tenía una demanda legítima, que es que no se ha respondido a las demandas de los pueblos de tierras bajas, de los pueblos de la Amazonia, el pueblo Guaraní y el pueblo Chiquitán. Pero para tener fuerzas, se han aliado con grupos de la derecha y con el partido de Carlos Mesa. Eso les ha quitado toda legitimidad. Por eso creo que no van a haber grandes movilizaciones ahora. Si bien eso limita la desestabilización política, no le permite la autocrítica al gobierno.

¿Hay alguna palabra de esperanza para Bolivía a pesar de todo?
Yo creo que es una situación difícil. En toda la región hay un ataque permanente. En la Argentina, por ejemplo, es impresionante que la gente de Macri siga retomando espacios. En Chile hay gente que está en contra del estallido. Lo que sí es esperanzador para mí, es la capacidad que hemos tenido de sacar a un gobierno de facto muy rápido. Porque las movilizaciones de julio y agosto de 2020 han garantizado las elecciones del 18 de octubre. En esas movilizaciones han estado principalmente los pueblos indígenas que han cortado las rutas de todo el país, que hemos estado en las calles y que hemos hechos cabildos y huelga indefinida.

Esa capacidad de organización, de resistencia, esa negación permanente a vivir dominados, sometidos, todo esto es esperanzador. A pesar de que ahora hay divisiones en los movimientos sociales, esas divisiones son coyunturales. Somo un pueblo rebelde, el pueblo Aymara, el pueblo Quechua, ha sido siempre un pueblo autoorganizado. Frente a esta experiencia de golpe, creo que hemos retomado la tarea de construirnos como movimientos y como pueblos. De no dejar todas las esperanzas en el Estado. Eso ya lo hemos intentado y es difícil que el Estado transforme todo. Para mí es esperanzador eso: Volver a creer en nosotras como organizaciones y pueblos y tener al Estado como una variable más, pero sobre todo autoorganizándonos. Retomar esta capacidad de organizarnos frente al fascismo. Ya no por un partido y una persona, sino porque no queremos vivir con patrones nunca más. Nunca más con patrones. Nunca más como sirvientas.